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Una danza para acunar.

por: Valentina Ruiz
Socióloga, postgrado en patrimonio cultural.
Especializada en investigación Danza Independiente.

Sentada en la butaca, en cosa de instantes apareció.
¿Cómo atender a que, al parecer, estamos sumergidos en agua, que provenimos de
mar también; que damos huellas al oleaje, y que ante el magnetismo de la corriente
submarina somos subsumidos por su brío? ¿Que nuestros cuerpos de sal y dulzura,
roca y amebas, carentes de paredes, circulan y acabarán diluyéndose en las profundidades
por estas fuerzas; que están implicados en la acústica de ínfimas arenas
flotantes?
Este “breve nocturno” se hunde en las ondas del mar mediterráneo, y tras recursivas
suspensiones de aire, otorga el sonido que guía. La acústica fluye en la sala, secretando
partículas humedecidas, y lubricantes. Es el sol, la marea en la zona abisal, a ras de
suelo; remolinos de oxígeno que alimentan a estos cuerpos, nuestros. Nuestros cuerpos
movidos por el instinto de esta continuidad, ya sin horizonte entre zona y zona,
entre mar y cielo, entre dedos y nuca, sin horizonte entre hueso cósmico y misterio, allí
perviven.
Implicados en un conjunto inseparable, se sumergen. Inspiran este hábitat, hacia dentro,
que es lo mismo que hacia afuera; y luego expiran, dando vida al inmenso eco. Otra
vez. Se alimentan, se aman. Breve nocturno da emergencia a dos danzantes, que al
explorarse no dan pie al retorno, pues en ese precipitado momento, se agotan sus divisiones.
Únicamente queda su danza atrevida, casi invertebrada, rememorando a Natalia
Molchánova, y que, entretanto, se encarama en la sobrevida de movimientos conscientemente
descolgados, desprendidos de todo cuerpo, donde quizás yace Natalia, meciéndose
allí.

Santiago, junio 2018.

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